Jorge Salazar, el dueño del mundo


Por Daphne Zileri

Jorge Salazar, dueño del mundo

Jorge Salazar es sorprendentemente puntual. Con aire de trasnochado, pinta de bohemio, bufanda al cuello, preferentemente negra y de seda. Desconcierta.
Aparece para una entrevista.

Coco se preocupa por mí. Siento que el asma cascabelea como un quitasueños en mis pulmones. Pero para no decepcionarlo le digo que estoy muy bien. Después de todo lo estaré pronto. Los milagros, según Coco, están a la vuelta de la esquina.

Coco es cortés. Habla en voz baja y ríe en voz alta.
Pregunta si incomoda la grabadora. “No, para nada”, responde su entrevistado nervioso. Y para qué, si Coco jamás la utiliza.  Él recurre a su memoria comparable a una computadora que además posee la virtud de la imaginación y colorido.

Para disimular apunta jeroglíficos en una libretita de bolsillo.
Escribe vertical, horizontal y diagonalmente en páginas dispares.
Es un poco más cuidadoso cuando logra la receta favorita del entrevistado quien, ya, con las defensas bajas, ni cuenta se ha dado del robo furtivo.

Coco ama la cumbia, el jazz, el afro y Mozart. Ama a las mujeres. Cree en los amores eternos pero fugaces.
Nació en Chosica y es dueño del mundo. Ahí va su pata del “Reina del mar”, ahí está el de los toros de Sevilla y el otro de la pensión de Hungría. Jorge Salazar quiere a sus amigos pero más quiere a su soledad.

Jorge Salazar es generoso y desprendido. A mí, supo darme los pañuelos blancos en su momento oportuno. Ese gesto se lo agradezco infinitamente.

Foto: Archivo personal de Max Hernández